J.G. Val Miñor
Carlos presentó su candidatura a la alcaldía en un rincón de la Plaza del Convento baionesa, detrás el lema: atrévete. Le quedan tres meses y medio para fajarse con los vecinos, para verles a los ojos, para contarles cosas, para abrirse y abrir lo insondable de un pueblo, para tocarles la fibra, porque los puentes tarde o temprano se levantarán, las carreteras, las guarderías también, los museos y los espacios verdes, lo que haga falta, pero lo que la gente necesita es comprensión, es cariño, es humanidad, en definitiva, y creo que lo dijo Carlos desde la tribuna.
A Baiona hay que empujarla porque está triste, y explicarle que no siempre tienen que ganar los mismos es fundamental. Pachi habló de recuperar la historia interminable, el tiempo perdido, e Isa de que la villa debe cruzar el puente de Ramallosa porque lleva un buen rato encerrada en sí misma. Tu cuerpo es tu propia cárcel, y Baiona lleva puesto el traje de los domingos y la funda proletaria semanal del centro-dere un montón de primaveras desde que el sol de la democracia volvió a salir. Aquí la gente siempre temió a los rojos, los demonizó hasta el punto de que Alfredo Rodríguez les conoce por los malos, y se conformó con tomar el sol en verano, dar unos paseitos por la costa, celebrar La Arribada en castellano viejo del antiguo Sierra cundo llega el Primero, y, como dijo mi amigo Carlos, tirar la persiana el resto del año invernando/masticando una tristeza indigna para el ser humano que todavía ayer, camino del acto, la sentí.
Baiona sigue teniendo vergüenza y miedo, y algunos continúan empecinados en traspasársela a los demás, que me lo advirtió Teresa:
-ojo con lo que escribes Alfredo y reléetelo antes de publicarlo porque ya están amenazando algunos, y tú imagino que quieres volver a trabajar en un periódico.
Teresa no se daba cuenta de que uno lleva atreviéndose mucho antes de que ellos hicieran de eso su slogan, siendo fiel a ese principio que te hace terminar y tener que iniciarte a cada rato: aparecen los del miedo, te avisan, te amenazan, te señalan, se chivan al dire de turno y ya tienes que estar otra vez dispuesto a levantarte. Almuiña me acusó de jugar con el pan de sus hijos, como si los de uno no tuvieran derecho a comer por el simple hecho de tener la desgracia de contar un padre libre. Atrévete debe querer decir sal, rompe, aporta, opina, dialoga, crea, respeta, avanza, e ir chapando tanta modorra y quietud.
A Carlos hay que exigirle, y esperar, que rompa la rutina y la malicia artificial e iletrada de un pueblo enfermo instalado en la parálisis, por algo se atrevería a poner ese slogan, de lo contrario habrá jugado con la ilusión y los sentimientos de los que no le siguen a pie de plaza, de los que están al otro lado, que somos muchos y tenemos también esperanza. Baiona tuvo en Almuiña un médico de cabecera lento, salvo cuando el trallazo coronario de Quico, el gregario de Vilar, que ayer me invitó a un café. Cuatro años es un montón y recuerdo a Carlos ofreciendo a Almuiña compartir gobierno. Eso ya es gloria y ahora ambos se juegan su carrera política a todo o nada. Uno de ellos será alcalde y el otro, me temo, tendrá que bajar la persiana política. Isa jugaba con sus sobrinos. Los niños, todos, los de Almuiña e incluso los míos, son el futuro y tienen derecho a que nadie juegue con su pan. Sobre todo con el pan de la libertad, el respeto y la tolerancia. Carlos ha dicho que se atreve con ello. El Mercedes de Ezequiel Simóns, el arte de Manolo Ferreiro, la pluma de Montejano, los versos de Sierra, las reivindicaciones marineras de Augusto, O Coro de Homes, el miedo y el falso y aburrido orden, está muy bien, pero si fuera por mi, tendrían las horas contadas por el bien de los sobrinos de Isa, los chavales de Almuiña, los míos y los de todos, incluida la niña de Carlos, que le insiste en que hable por teléfono para que suban las matildes.
lunes, 7 de abril de 2008
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