lunes, 7 de abril de 2008

La ultrarribada

J.G. Val Miñor


Avelino Sierra había prometido no volver a La Arribada con sus insufribles textos medievales en castellano viejo. Baiona hace tiempo que se hizo vieja y perdió la modernidad, dejó de ser noticia, como aquel primero de marzo de 1493, cuando amanecía con la exclusiva del descubrimiento. Que me haya despertado hoy con la enésima marcha atrás de Sierra posponiendo su decisión de abandonar el fiestorro medieval, hasta que los sociatas o los hombres de Xosé Enrique, ese sucedáneo de soco, no nos engañemos, lo terminen de quemar con sus karalladas, es que desazona.

-Alcalde, ya no puedo más, dejo La Arribada, no soporto estas críticas injustas, se acabó. ¡Vamos hombre, que comercio con el vino y con las telas!
-Tranquilo Avelino, sabes que nosotros estamos contigo, no desistas, y además para el próximo año ya he pensado unas cuantas novedades.

Almuiña ha vuelto a poner a Sierra en primera línea de Arribada, le ha convencido de que lo que se necesitaban eran nuevos versos, nuevas ideas, y quién mejor que el historiador del Primero de Marzo para ponerlo de parapeto cuando le arrecien las críticas injustas y alarmistas de la oposición. Porque ya sabemos que el pueblo va a oler mal, que la basura quedará sin recoger de un día para otro, y que cada vez La Arribada se hace más multitudinaria, más sin razón, y el personal viene a malcocerse porque no saber tomar unos cacharros y fumarse unos mais en calma. En los cuarteles generales socialistas y nacionalistas ya están desempolvando la misma nota de prensa de siempre y a Avelino le quedan menos días para llorar su desamparo y a Sito para tener que darle una fría palmada en la espalda y convencerle de que nadie, salvo los rojos de aquí, le ven vestido de época con la faltriquera repleta de dinares de oro de las comisiones del tintorro y las sedas de ultramar.

La Arribada sigue saliendo a flote pese a tanta coña que comenzó cuando Soco y Xosé no paraban de perseguir por todos los actos oficiales de la fiesta al regidor Vilar y su escudero, entonces también Sierra, con una pancarta que rezaba genocidio y una bandera negra con una calavera; y se cruzaban por la calle a Mandado que vestía un reloj con la enseña preconstitucional del águila en la pulsera. Almuiña vuelve a querer intentar potenciar una arribada cultural a base de ornamento radical y mucho castellano viejo que le sirve Sierra todos los años rompiendo su promesa de abandonar. Hay mucho hortera que cree que la jarana de la arribada está mejor cuanto más libro, cuanto más verso, cuanto más taller artesano, y ahora suprimiendo el playback de la obra de A Ribeira y usando actores profesionales. Y esta fiesta, pienso yo, no sería nada sin poner a parir a Sierra aunque tales acusaciones fueran mentira, sin la nota de la basura de la oposición a los media y sin la pancarta de la calavera erguida por Xosé Enrique y Soco con un parche en un ojo llamando piratas a los organizadores, entre cónsules y mandos militares, a la hora de la parada institucional y la ofrenda a Pinzón. Y por supuesto, sin la cena medieval del Parador cuando Miguélez no me dejaba marchar de allí sin tirarme a algún amor. Claro, que entonces Carlos era alcalde y Sierra nos dejara huérfanos de castellano viejo. Baiona era un rojerío y La Arribada estuvo mejor que nunca.

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