lunes, 7 de abril de 2008

Más sudor y lágrimas (II)

J.G. Val Miñor


A Baiona con un Porto de Molle le sobra. Ahora queremos saber más, tener argumentos para hacer crítica libre, para sacarnos los colores a nosotros mismos y no aceptar las cosas porque sí, en silencio. Para equivocarnos con rigor y no seguir acertando mal pero en calma. Para vivir sin complejos, para rectificar cuando toca y a gusto.

Xosé imagina a Baiona como un lugar donde trabajar y sufrir, donde siempre exista algo que reivindicar porque simplemente parezca serio e importante, cuando a lo mejor no lo es en esa medida. Charlie, en cambio, o eso creo yo, imagina una villa más en plan Montecarlo, donde el personal caiga por aquí para malgastar el tiempo ya ganado, donde el humor consiga tocar lo insustancial y de vez en cuando pase una tía, que llegó de afuera, por Elduayen, cachonda de verdad, dejándose ver y querer; sin echar en falta la lonja de Suso, sin caer en la cuenta de que existe Ezequiel, ya superado, porque sólo será el que compra las copas y se saca unas pelas de paso, dando algo de logística para el cachondeo sabio.

Almuiña piensa en un pueblo recién salido del sepia, donde aun no cante un sentido de la tradición asfixiante. La derecha siempre tuvo pavor a que los otros agoten la vida en este mundo, siempre convenciéndonos de que debemos ahorrar algo: salud, dinero, terrenos, casas. ¿Y para que? Ese modelo también hay que cambiarlo. Sito ahora ha descubierto el saneamiento integral y se cree que con eso y un par de aparcamientos subterráneos vamos a tener más razones para vivir de verdad en Baiona.

Baiona, los gestores de Baiona, van aumentando sus deudas con el pueblo, al que le han robado la frescura entregándoles papeleos por duplicado, burocracia al servicio de los retrasos, poniendo atención con oídos sordos a las quejas diarias de los de siempre. Una frescura que nunca han tenido ni visto en el horizonte. Ahora Carlos, mi amigo Carlos, debe hacer que Baiona comience a desayunar con el periódico abierto, pero ya no por las necrológicas para comprobar quienes han caído y llorarlos en la Casa de Misericordia mientras las canaletas rotas chorrean con estruendo la lluvia sobre el empedrado histórico.

Todo esto no se lo vamos a pedir en uno ni en cien días, ni en cuatro años, pero sí le vamos a exigir que derrote para siempre tanto conformismo, que devuelva el optimismo a una gentes a las que nadie, hasta hoy, a procurado ni querido abrirle los ojos a otras cosas. Tiene que sembrar la semilla del cambio sin retorno.

Baiona no puede pretender seguir castigando a los distintos, ni asustándolos. A lo mejor hay que dejar de insistir un poco en el mar y la fábrica, para fomentar y proteger profesiones más rentables y generosas con el alma. Empezar a saber hacer negocio del talento y no tanto del músculo y de la corrupción. Teresa me dijo que releyera mis artículos por si alguien se mosquea. Cuanto más se enfade cierta Baiona, más en el camino del futuro estaremos. No hay violencia más cruel que la que amansa las almas sin dejar cicatrices. Y aquí ya empezamos a pedir controversia sin dogmatismos. Nada es intocable. La villa busca un alcalde que apueste por los que hasta ahora nunca nadie ha apostado. La pobreza estridente que aparece a simple vista no es más que la punta del iceberg, aunque a veces te haga saltar las lágrimas. Hay una miseria en el alma, enorme, implacable, que se llama resignación y que incomprensiblemente no tiene mala prensa. Los que no se resignan son locos. No tienen los pies en el suelo. Baiona puede tener guarderías públicas, auditorio, aparcamientos subterráneos, centros de día, servicios a tope, y en cambio no salir de la estulticia. Los gobernantes van a tener que enseñarnos a ser más lúdicos y profundos. Carlos tiene un montón de cosas irrenunciables que darnos por vez primera, si le dejamos finalmente, que no está hecho ni mucho menos. Vaya papeleta la de cambiar la carcajada frontal de un pueblo por una sonrisa ambigua.

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